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Un chigüiro envuelto en lodo intentando mantenerse en pie mientras posa su cabeza sobre el barro seco que cubre cientos de hectáreas donde alguna vez fue posible la vida, es una de las desgarradoras imágenes que han sido transmitidas por medios de comunicación para informar de la tragedia que hoy padecen miles de animales en el Casanare a causa de la sequía que azota a la región. Los muertos, muertos están y ya son más de 20 mil. La agonía de los miles que luchan por sobrevivir en medio de la sequedad –de la Tierra y los corazones– es insoportable. Caimanes, babillas, tortugas, armadillos, peces, venados y vacas están muriendo de sed, boqueando bajo el sol y arrastrándose sobre la nada, mientras anuncian que la temida destrucción del Planeta ya está ocurriendo y es irreversible. La mortandad de animales en Casanare continuará.

Ahora el gobierno y los pobladores debaten si la tragedia es consecuencia de la ganadería extensiva o la explotación minera y petrolera, como si una y otras no fueran hijas del mismo delirio de producción y consumo basado en la explotación de los animales y de la Naturaleza. El cambio climático –suerte de comodín que ahora se nombra a menudo con total ajenidad como si nada tuviésemos que ver en su origen y agravamiento-  no es sino una consecuencia de ellas y la más contundente constatación de nuestro fracaso en el Planeta. Bienes y servicios hemos sabido producir en cantidad, pero lo fundamental, el cuidado de la fragilidad de la vida, se nos está yendo entre las manos como el agua que se agota. La sed del desarrollo nos está matando de sed.

Hoy nos damos golpes de pecho al ver a esos miles de animales moribundos sumidos en un espectáculo de horror y sufrimiento. Como humanidad y sociedad deberíamos sentirnos avergonzados; en el mejor de los casos, confrontados y dispuestos a actuar. Si la imagen de seres inocentes que se secan, literalmente, a cada paso que dan, no nos toca las fibras y nos empuja a la acción, estaremos perdidos.

La FAO ha identificado a la ganadería extensiva como el principal factor contribuyente del cambio climático que hoy causa la tragedia del Casanare. La buena noticia es que esta industria se sostiene gracias a nuestra demanda y así mismo podrá ser contrarrestada gracias a nuestra decisión de dejar de comer animales. Nunca antes, como ahora, había sido tan claro el carácter ético y político de nuestra alimentación. Nada nos limita la posibilidad de gestar una revolución pacífica que contrarreste radicalmente la destrucción del planeta y le ponga fin al sufrimiento de más de 57 billones de animales que son sacrificados cada año para consumo (sin contar los peces y demás animales marinos). Frente a los otros fenómenos destructivos relacionados principalmente con la explotación minera y petrolera, es importante que no cesen las acciones jurídicas y las movilizaciones políticas colectivas y de resistencia. No podemos permitirnos seguir fallando como humanidad!

En lo que respecta a las acciones que nos corresponde asumir como sociedad, requerimos con urgencia de una política de estado capaz de orientar la ordenación de los territorios, las economías y las formas de existencia y subsistencia hacia sistemas ecológicos y armonizados con los ciclos de la vida. La destrucción ya está ocurriendo y ante el delirio urge la cordura. La guerra no es sólo la del conflicto armado; es también la del arrasamiento de la naturaleza y allí necesitamos un proceso de paz.

El Gobierno Nacional apenas hasta ayer se pronunció. Indolente y negligente ha permanecido impasible ante los conflictos socio-ambientales del país. Ni este biocidio parece convocarlo.

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