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“Dios autoriza matar perros abandonados” fue la frase que pronunció el sacerdote católico Bernardo Bastres de Punta Arena, antes de la matanza de perros en Chile el 13 de enero de este año. Interpretando los desmadres humanistas del Génesis, afirmó que si “Dios creó las cosas al servicio del ser humano”, entonces la “invasión de perros”, como la calificó, debía ser objeto de una solución final por parte del Estado. Aquel día las calles de la ciudad amanecieron con el desolador espectáculo de decenas de perros envenenados apilados en arrumes de basura, mientras el Ministro de Dios en la Tierra, aterrado por la invasión de fanáticos en el santo templo que reclamaban justicia, negaba su vinculación con la tragedia, al tiempo que veía milagrosamente materializada su particular manera de entender la supuesta primacía del hombre sobre el resto de las criaturas. La muerte de los perros fue lo que reclamó en su discurso de odio este emisario del amor, y un loco seguidor de sus palabras se la otorgó.

Es verdad que cada año son asesinados miles de millones de animales en diferentes industrias y que un hecho como el relatado quizás no debería causar tanto escozor, si al fin y al cabo nos hemos habituado a la violencia y a la muerte en masa de millares de seres sintientes, siempre injusta e innecesaria. Sin embargo, cuando son representantes de la Iglesia quienes atropellan la vida de animales -por pequeña que parezca la matanza junto a los desmanes de la muerte industrializada o de las hecatombes que se suceden en el mundo frente al menor riesgo de zoonosis- no deja de haber un especial asomo de angustia por el hecho de que tantas personas tengan en estos religiosos su principal referente de moral y buen vivir.

Estoy segura de que lo ocurrido en Chile no es un asunto de Dios, sino de los hombres. Tampoco de la Biblia y de las diferentes interpretaciones que se han hecho de ella, al fin y al cabo una tarea acometida por mortales, sino del odio que a lo largo de su historia ha promovido la Iglesia Católica contra las mujeres, los homosexuales, los que piensan y sienten diferente, y por supuesto, contra los animales no humanos: esos seres que enaltecen nuestra propia humanidad compasiva, pero que a quienes insisten en reivindicar un humanismo desvergonzado, como lo llamó Lévi-Strauss, les recuerdan constantemente su propia animalidad.

Los escritos bíblicos están colmados de pasajes que alimentan la idea del dominio de los animales a manos de los hombres, pero también, que evocan la solicitud de Dios por el mundo animal. Algunos fragmentos de la Biblia invocan una comunidad de vida entre humanos y animales y en ella abundan referencias a animales del mundo natural, metafóricos y simbólicos, cuyos fragmentos son en ocasiones de elevado misterio, sea para bien o para mal. Lo cierto es que fueron los primeros en aparecer, el quinto día de la creación, en la categoría de seres vivos, y que Dios se refirió a ellos como “almas vivientes”, detentores del soplo de vida y de la sangre que, en el mito de la Creación, dieron vida a todo lo que existe.

¿Sería al momento de situarlos por debajo de los hombres, en la jerarquía de los vivientes, cuando esta historia se pervirtió? Hoy creo que es la pobreza de pensamiento y corazón, la arrogancia de creer que “todo está al servicio del hombre” –como dijo el obispo Bastres en su, ya célebre, alocución dominical– la que nos ha llevado como humanidad a creer que la administración de los animales que delegó Dios a los hombres, extraña por demás, se traduce en la cría intensiva, la experimentación, el cautiverio y todo el sufrimiento, la muerte y el dolor al que hemos sometido sistemáticamente a los animales, en vez de en el cuidado, el respeto y la compasión.

Quiero pensar que lo que hizo Bastres es un caso aislado y que los feligreses de la Iglesia Católica observarán con juicio crítico lo ocurrido. Que las bendiciones que aún hoy dan algunos sacerdotes a corridas de toros en nuestro país –como la del cura Agustín Villar a las recientes corralejas de Sincelejo que terminaron con más de 60 heridos entre animales humanos y no humanos, sin contar los toros– son excepcionales, y que son más los religiosos –curas y feligreses– que se apegan al Catecismo que defiende Marie Hendrickx, teóloga de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en su artículo “Por una relación más justa con los animales[1]. En él, la teóloga sostiene que “la santidad, reconciliación del hombre con Dios, entraña una fuerza de atracción que arrastra a la creación en un movimiento de reconciliación general.”

Me confieso lejana de la Institución religiosa pero creyente en el amor de una Fuerza Universal. Y en esa confesión, rechazo el manoseo al nombre de Dios y la barbarie con la que el individuo de la historia de la matanza de los perros, investido de un poder clerical otorgado y negociado por los hombres, pretendió ordenar la vida en su idea mezquina del bien.

Que sea el amor por todas las criaturas, humanas y no humanas, el que reine, cualquiera sea la idea de humanidad y las creencias religiosas que nos sigan dividiendo como hombres (y mujeres).

Andrea Padilla Villarraga


[1] L’Observatore Romano, nº 1, 5 de enero de 2001

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