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El 7 de febrero de 2013, la Juez Gloria Guzmán dio una declaración radial sobre la decisión de no recibir más reclusos en la cárcel Modelo, motivada por la acción de tutela de un detenido que pidió se le protegiera el derecho a la vida digna. La comisión designada fue hasta el lugar a verificar las condiciones y, según la Juez, encontró que todo lo que observaban era inconstitucional: el hacinamiento, la indignidad con que se trata a las personas, la insalubridad. Para graficar la situación que hoy se vive en la prisión, comentó que “al llegar encontraron 7230 seres humanos tirados en el piso (la capacidad es de 2850), muchos de ellos prácticamente en condiciones peores que los animales.”

Cuando la entrevistada pronunció esta última frase, quise hacerme una imagen del espectáculo de la prisión, sirviéndome de la descripción hecha por ella misma. El resultado fue una imagen dantesca donde reinan la depresión, la locura y la inmundicia; donde de la dignidad no queda prácticamente nada y donde la masa se ha tragado al individuo, para dar paso al anonimato que siempre antecede al exterminio (no necesariamente la muerte, también puede ser el olvido).

Es asombrosa la facilidad con la que apelamos a “los animales” para referirnos a lo degradante, a lo que no queremos para nosotros mismos o no consideramos justo para nuestros semejantes humanos. La misma facilidad con la que hablamos de humanos perros, cerdos, ratas o víboras con el ánimo de degradar, pues de manera irreflexiva, y no sin graves consecuencias, hemos hecho de los animales (desde la lombriz hasta el chimpancé) seres inferiores, casi degradados naturalmente e indignos de cualquier consideración moral.

No obstante, esta imagen dantesca es también una realidad para miles de millones de animales hacinados, explotados y sacrificados en la industria de la carne (vacas, pollos, cerdos, pavos, etc.), de las pieles, la experimentación y el entretenimiento; seres sintientes no responsables de sus vidas -como sí los reclusos-, obligados a vivir de esa manera sin la más mínima posibilidad de tutelar su derecho a la vida digna (allí el exterminio no sólo es el del olvido, también el de la muerte).

Si por un instante “clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible”, como invita Eduardo Galeano en su hermosa Utopía, veríamos a los animales viviendo en paz, en la perfección propia de cada especie, respetando la vida, en el equilibrio, sin depredar, sin someter ni exterminar a ningún individuo de ninguna otra especie, sin juzgar y sin crear cárceles degradantes como la Modelo, donde hoy malviven hacinados “seres humanos tirados en el piso, muchos de ellos prácticamente en condiciones peores que (a las que hemos condenado a millones de) animales.”

Se que el estatuto jurídico de los animales en nuestro país es el de “bienes muebles” o “inmuebles por destinación”, como los tubos de las cañerías  o las losas de un pavimento, y por tanto, los derechos fundamentales para ellos son aún, para muchos humanistas, del orden del delirio. Pero tampoco ignoro que las discusiones sobre los derechos animales y su dignidad empieza a tener presencia en los estrados legislativos de muchas partes del mundo (p.ej., la noción de “dignidad de la criatura”, a propósito de los animales, figura en la Constitución Suiza), y que las recientes sentencias de los altas cortes Colombianas no han sido ajenas a este debate:

La Corte Constitucional, interpretando que “el concepto de dignidad de las personas tiene directa y principal relación con el ambiente en que se desarrolla su existencia y de éste hacen parte los animales”; de modo que la dignidad humana –elemento transversal del ordenamiento constitucional– se entiende en este contexto “como el fundamento de las relaciones que un ser sintiente –humano– tiene con otro ser sintiente –animal–“ (Sentencia C-666/10).

El Consejo de Estado, reconociendo que los animales “son seres vivos dotados de valor propio y, por lo tanto, titulares de algunos derechos”, cuestionando incluso la actualidad del Código Civil a la luz del mandato constitucional de protección del ambiente, del cual hacen parte los animales (Sentencia del 23 de mayo/12).

Ningún ser sintiente merece padecer una vida indigna, cualquiera sea su condición o situación. Menos aún, por una suerte de “destino natural”. Hoy invito a mis lectores a ir erradicando de su léxico (mente y corazón) cualquier expresión sexista, racista o especista, a ver si desde el lenguaje, que crea realidades, podemos ir cambiando el mundo.

Andrea Padilla Villarraga

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