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Texto completo publicado en la página de la Asociación Colombia de Criminología
[20 de noviembre de 2012]

Hemos aceptado la violencia, casi naturalmente, como parte de la cultura y correlato de la vida en sociedad. Pero en ella, que nada tiene de natural, también operan unos sistemas ideológicos que han resultado funcionales para legitimar o hacer aceptable la opresión, la crueldad, la explotación y, en algunos casos, el exterminio en masa de millones de animales y seres humanos.

Animalidad es el concepto que han empleado algunos filósofos del pensamiento occidental moderno para designar lo que lo humano no debe ser: su opuesto, su contrario, siendo animalizado todo aquel que, a juicio de un grupo dominante, carezca de lenguaje, razón, cultura, conciencia, entre otros atributos metafísicos como el alma.

La animalidad no son propiamente los animales. Es una construcción ideológica, una marca, la manera de nombrar lo que queda por fuera del campo de lo humano, aquello que revela una ascendencia vergonzosa, la carencia de atributos que habrían de definir lo propiamente humano. Es el conjunto negativo de las diferencias, el negativo ontológico de los hombres, el contra-modelo de la definición de humanidad, soportado en un sistema de conceptos despreciativos que aún hoy validamos en expresiones populares con la intensión de ofender: “comportarse como un cerdo”, “ser una rata”, “parecer una vaca”, “ser tratado como un perro” o “matar dos pájaros de un solo tiro”, decimos en ocasiones como si fuese algo normal, reforzando así una idea denigrante del animal definido desde la animalidad.

Esta construcción ideológica de degradación de los animales que sitúa al hombre como medida de todas las cosas, podría ser irrelevante si de ella no se derivara una fatal consecuencia ética y política: la de expulsar de la humanidad a los grupos animalizados y autorizar su apropiación, avasallamiento o exterminio.

Florence Burgat [1] —filósofa e investigadora quien ha promovido el debate sobre el estatuto jurídico y cultural de los animales en Francia— recuerda que el concepto de animalidad ha servido al hombre para imponer su dignidad sobre la base de la diferencia por defecto, para avasallar a todo aquel que, por una decisión económica o política, se perfile más próximo a la concepción ideológica del animal. De otro modo lo plantea Armelle Le Bras-Chopard [2], cuando afirma que a los hombres les era necesario pasar por el animal, pero también sobre el animal, para asegurar su humanidad y resaltar “lo propio de sí mismos”; fenómeno que se reconoce en la base de todo movimiento opresor y discriminatorio.

Peter Singer —filósofo australiano quien ha liderado el debate sobre el movimiento de liberación animal y diversos temas de bioética— recuerda que en el especismo[3], así como en el sexismo y el racismo: “(…) existe una letanía de argumentos relativos a la carencia de alma inmortal, racionalidad, autonomía y cultura, que intentan explicar la inferioridad de status y justificar la existencia del grupo inferior por su función al servicio del grupo de status superior”[4].

En efecto, animalizar es abrir la posibilidad de disponer de aquello respecto de lo cual, en teoría, no se tiene deber alguno; hacer del otro animalizado un bien explotable, exterminable, dando paso a que la violencia ejercida contra un individuo o un grupo de individuos sea juzgada, sino legítima, sí neutra en el plano ético. Mas aún, cuando previamente se ha hecho una operación clasificatoria que hace del individuo el miembro anónimo de un grupo o una especie, cuya erradicación es tolerada a condición de no afectar la economía de los hombres (como sucede con la muerte industrial en masa de millones de animales).

A este respecto, Charles Patterson [5] —historiador norteamericano— ilustra con cientos de ejemplos en una obra dedicada a estudiar los procesos de animalización de diferentes guerras, la existencia de raíces comunes entre el genocidio nazi y la esclavitud y el exterminio de animales no humanos llevados a cabo por la sociedad moderna. Su investigación demuestra cómo la domesticación de animales no sólo suministró el modelo y la inspiración para la esclavitud humana y el gobierno tiránico, sino también sentó las bases para el pensamiento jerárquico occidental y las teorías racistas europeas y estadounidenses que llamaron a la conquista de las “razas inferiores”, animalizándolas a través del lenguaje para justificar su subyugación y, en algunos casos, su exterminio.

De hecho, según Patterson, el surgimiento de la ganadería y la agricultura permitió la aparición de un modelo intervencionista en la esfera de lo político. A propósito, no parece coincidencia que en la región del mundo donde nació la agricultura, Oriente Próximo, sea donde surgió la esclavitud, o que los zoológicos modernos y los asilos para enfermos mentales hayan sido creados al mismo tiempo, así como las exhibiciones étnicas y de animales exóticos en Europa y América a mediados del siglo xix.

Como afirma Keith Thomas [6] —también historiador— “la domesticación de animales provocó la aparición de una actitud más autoritaria, puesto que “una vez la explotación de los animales se hubo aceptado e institucionalizado como parte del orden natural de las cosas, se abrió la puerta a similares modos de tratar a otros seres humanos”. Ciertamente, la ética de dominación humana que excluyó a los animales de la esfera de consideración moral y el pensamiento jerarquizado basado en la domesticación y esclavitud de animales que empezó hace 11 mil años, impulsó y “legitimó a la vez el maltrato de aquellos humanos a los que se adscribió una condición animal”.

“El mundo animal ha sido un terreno particularmente fértil en metáforas deshumanizadoras”, escribe el historiador Leo Kuper [7]. “El avasallamiento del mundo animal ha creado los modos de avasallamiento del hombre por el hombre”, afirma Edgar Morin [8]. Jacques Derrida [9] sostiene que la violencia infligida a lo animales “no dejará de tener resonancias profundas (conscientes e inconscientes) sobre la imagen que se hacen los hombres de sí mismos”. Y Levi-Strauss plantea, en su fuerte crítica al “humanismo desvergonzado”, que “nunca antes, como al término de los últimos cuatro siglos de su historia, el hombre occidental pudo comprender que arrogándose el derecho de separar radicalmente la humanidad de la animalidad y otorgando a una todo lo que retiraba a la otra, abría un ciclo maldito, y que la misma frontera, constantemente reversada, serviría para separar a los hombres de otros hombres y para reivindicar, en provecho de minorías cada vez más restringidas, el privilegio de un humanismo corrompido desde su nacimiento por haber tomado prestado al amor-propio su principio y su noción”[10].

Quise detenerme en la cuestión de la animalidad porque los problemas que plantea son políticos. Ella sugiere una perspectiva novedosa para comprender algunas de las bases sobre las cuales hemos construido buena parte de nuestra condición humana e ideologías políticas como empresas de colonización de la naturaleza, los animales y los mismos seres humanos.

Decía Gandhi que “mientras el hombre no se ponga por su propia voluntad en el último puesto entre las demás criaturas de la Tierra, no habrá para él ninguna salvación”. Sin embargo, coincido con el filósofo español J. Riechmann en que esto sería santidad y se trata de un ideal demasiado elevado como para proponerlo al conjunto de los ciudadanos. “Mi propuesta de mitad y mitad quiere ser sencillamente justicia” o “Un acuerdo armonioso entre la vida humana y la innumerable y humilde vida animal” [11].

Para concluir, quisiera recordar la invitación que nos hace M. Yourcenar, la dama de las letras francesas, en su obra El Tiempo, gran escultor (1981):

“Seamos subversivos. Rebelémonos contra la igno­rancia, la indiferencia, la crueldad que, por demás, suelen aplicarse a menudo contra el hombre porque antes se han ejercitado con el animal. Recordemos, puesto que hay que relacionarlo todo con nosotros mismos, que habría menos niños mártires si hubiese menos animales torturados; menos vagones sellados llevando hacia la muerte a las víctimas de ciertas dictaduras, si no nos hubiésemos acostumbrado a ver furgones donde los animales agonizan sin alimen­to y sin agua de camino hacia el matadero; menos caza humana derribada de un tiro si la afición y la costumbre de matar no fuesen atributo de los cazadores. Y en la humilde medida de lo posible cambie­mos (es decir, mejoremos si es que se puede) la vida.”[12]


[1] Burgat, F. (1999) ”Logique de la légitimation de la violence. Animalité vs humanité”, De la violence (II), sous la dir. de Françoise Héritier. Paris: Odile Jacob, coll. Opus.

[2] Le Bras-Chopard, A. (2000) Le zoo des philosophes. De la bestialisation à l’exclusion. Paris: Plon.

[3] El término especismo se refiere a la discriminación con base en la especie.

[4] Singer, P. (1990) Liberación animal, Madrid: Trota.

[5] Patterson, Ch. (2008) ¿Por qué maltratamos tanto a los animales? Un modelo para la masacre de personas en los campos de exterminio nazis. Lleida: Ed. Milenio.

[6] Thomas, K. (1983) Man and the Natural World: A History of the Modern Sensibility. New York: Pantheon Bookks.

[7] Kuper, L. (1981) Genocide: Its Political Use in the Twentieth Century. New Haven: Yale University Press.

[8] Morin, E. (1977) La Nature de la nature, Paris: Seuil.

[9] Derrida, J. (1999) “L’animal que donc je suis”, L’animal autobiographique. Autour de Jacques Derrida, Paris: Galilée.

[10] Levi-Strauss, C. (1997) Antropología estructural II. México: Siglo XXI. (La traducción es nuestra).

[11] M. Yourcenar. “Carta de 1973 dirigida a Combat pour l’Homme”, citada por Y. Bernier en Preámbulo  a la alocución de M. Yourcenar “… Si aún queremos intentar salvar la Tierra”, 1987.

[12] Yourcenar, M. (1992) El Tiempo, Gran escultor. Alfaguara.

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