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… como un cuerpo sin alma y como un payaso sin pintura”, según la metáfora que empleó recientemente el empresario circense Raúl Gasca en una entrevista radial, a propósito de la decisión del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, de no permitir espectáculos con animales en la ciudad y no prorrogarle el contrato que autorizaba el uso de un predio del Distrito para su show, a menos que optara por hacer un circo sin animales.

Cuando escuché esta frase –dicha con ánimo poético– me pregunté si quienes defendemos los derechos de los animales estamos queriendo matar la esencia de algo muy importante, como para hablar del alma. Ciertamente no vacilé y, haciendo uso de la trágica metáfora de Gasca, pensé que en esta lucha por liberar a los animales de los conceptos de los hombres, se trata, más bien, de poner el alma de cada cosa en su lugar y, antes que apelar a conceptos elevados y engañosos, retornar a nuestra propia condición animal.

Es curioso que quienes explotan a los animales y se sirven de ellos para lucrarse o satisfacer sus vanidades, casi siempre terminan autoproclamándose sus redentores: los taurinos, de los toros cuya raza dicen proteger; los cazadores, de las especies cuyo equilibrio dicen mantener, y los cirqueros, de los animales salvajes cuya extinción dicen evitar, por sólo nombrar algunos de los buenos ambientalistas, entre los que también hay científicos, peleteros, criadores y ganaderos.

Ignoro qué entenderá Gasca por “cuerpo sin alma”, pero no deja de llamarme la atención –por asombrosa coherencia– que un hombre que ha pasado su vida manteniendo animales en cautiverio, forzándolos a realizar actos antinaturales y contribuyendo a la depredación de ecosistemas, quiera dotar de alma a un espectáculo, y a su vez, utilice a los animales como cosas, cuerpos sin alma, autómatas sin la capacidad de sentir, según la idea lapidaria de la modernidad.

Y no es que me importe si los animales tienen alma o no –de hecho, me parece irrelevante para la discusión sobre los derechos de los animales. Simplemente, quisiera reconocerle a Gasca –y a su soso entrevistador– el haber evidenciado la premisa del humanismo más balurde, presente en todos los espectáculos basados en la violencia contra un animal: la de creer que actividades humanas, por el hecho de estar bañadas de discursos sobre ritualidad, arte y sacralidad, son honrosas, tienen alma, y en ellas se dignifica a los animales, bestias enaltecidas gracias a su verdugos, cuya violencia termina siendo casi un privilegio (hay que ver cómo se refiere Gasca a las maravillosas fieras que tiene en su circo, o los taurinos, a la gloriosa muerte que le brindan al bovino).

Sólo he asistido a un espectáculo del Circo del Sol y puedo decir que fue una experiencia mágica –que me tocó el alma– el ver tanta audacia y virtuosismo en el ser humano.  No creo que eso sintiera viendo a un chimpancé con traje de bailarina o a un tigre atravesando aros de fuero (mis padres jamás me sometieron a tal desidia). Más bien, creo que mi alma se encogería, presa de rabia o de dolor.

Los circos están cambiando, no porque dejemos atrás lo que nos es propio para acoger modas ajenas, como dicen algunos periodistas que intentan hacer humor glorificando la malicia indígena que tanto nos ha jodido. Es porque algo en las maneras de pensar está cambiando y venimos comprendiendo (o aceptando?) que los animales sufren, sienten y gozan; incluso, que podría haber en ellos algo más que la mera biología –con su ya complejo mundo social y emocional– tal como han debido constatarlo quienes alguna vez, sin prejuicios, se han permitido mirar a los ojos a un animal o contemplar su apacible y desprevenido existir.

Andrea Padilla Villarraga

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