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15, 17, 37, 40, 44… son las cifras de heridos que hoy reportan algunos medios de comunicación, resultado de las recientes corralejas de Bolívar (en enero vimos el respectivo despliegue con las de Sincelejo). En lo que todos están de acuerdo, es en el muerto, los dos heridos de gravedad, las riñas callejeras y los disturbios en el centro de salud del municipio de Arjona. Ninguno reporta las borracheras ni la inmundicia de los alrededores, nadie sabrá de la violencia intrafamiliar y menos hablarán de los toros y los caballos como las principales víctimas de la fiesta trágica.

Lo que sí vamos notando es un interesante giro en la manera de presentar los hechos: aunque aún se destacan los heridos y muertos humanos sobre las demás consecuencias, ya no se pasa por alto el contexto violento, la controversia que suscita el espectáculo, el maltrato animal y la necesidad de actuar desde las instancias políticas para ponerle coto (mientras se le tema a la prohibición) a la innecesaria carnicería que se produce en estas fiestas donde lo único que se honra es el subdesarrollo moral y mental que tiene a tantos pueblos sumidos en el atraso.

Varios comentarios podrían hacerse de estos brutales festejos: por ejemplo, el que sea una fiesta de machos y borrachos, o la viva imagen de la célebre consigna “al pueblo dadle pan y circo y será feliz”, con todo lo que de ello se desprende. Más ilustrativa resulta la anécdota, recreada por la prensa, de la madre que tras saber que su hijo no moriría a causa de una cornada, no obstante haberlo visto desangrándose, celebró anunciando: “el pela’o está vivo y ya se devuelve pa’ las fiestas”, cruda muestra del apego a la violencia y trágico presagio para un pueblo que no prosperará. Si la muerte, o su asomo, no hacen mella…

Sin embargo, es especialmente llamativa la violencia social, en escalada, que se gesta, se produce y reproduce, cada vez que se somete –por acuerdo y con aval– a un ser sintiente y vulnerable –el toro– al maltrato, la ignominia y la barbarie de una muchedumbre ebria y rabiosa, a fuerza de vivir cada año las mismas miserias, para que ejerza contra él la ira del hombre inculto y envilecido, peligrosamente empoderado por la odiosa consigna católica de la superioridad del ser humano.

¿No basta el muerto? ¿No bastan los heridos? ¿No basta la masa tratando de derribar el lugar que le procura servicios de salud, ni las riñas callejeras? Cuántos borrachos, gritos y golpes en el hogar se producirán tras cada corraleja; cuánta feúra se verá en las calles adornadas con basura y la tristeza en el ambiente de estar profanando algo sagrado.

Hoy sabemos que en Estados Unidos los servicios sociales trabajan de la mano de las organizaciones defensoras de animales para atender oportunamente las alertas que se encienden por posibles situaciones de violencia contra mujeres y niños, cada vez que se detecta un caso de maltrato animal en el hogar. Esa situación, trasladada al plano social, tendría que encender una alerta para que gobernantes, autoridades y llamados a guardar el orden, la convivencia y los derechos, tomaran al fin la decisión de suspender, de prohibir –con todas su letras– los espectáculos donde se permitiera o promoviera la violencia contra cualquier ser vivo.

¿Cuál tradición nos ha conducido a la paz? Más que amable convivencia ¿No hemos dado cuenta, como país, de una creciente descomposición social¿ A nosotros nos ha jodido la violencia, y la violencia es el saqueo a la Tierra, el exterminio de la naturaleza, el maltrato a los animales, el empobrecimiento de unos a manos de otros, el sometimiento al poder. Ahora que hablamos de paz –con el proceso y la marcha del 9 de abril– podríamos también cortar de tajo todo aquello que nos ha violentado el alma, y si no es por reflexión, que lo hagan los buenos mandatarios por el bien común.

Bogotá, Marzo 26 de 2013

Andrea Padilla Villarraga

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