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La palabra significa muerto, fallecido, y es aun más fuerte cuando se refiere a una especie cuyos individuos, encarnados, no veremos más.

Oficialmente extinta se ha declarado ayer la especie del rinoceronte negro africano, cuya majestuosidad resuena con la dureza del vocablo que hoy declara su desaparición. Las redes sociales han hecho eco de esta noticia que acompaña las duras imágenes de maltrato contra animales humanos y no humanos, abundantes en este nuevo espacio de las comunicaciones.

La extinción de esta especie engrosa la Lista Roja de especies animales desaparecidas por obra y (des)gracia del ser humano. La Unión Internacional por la Conservación de la Naturaleza advierte que otras se encuentran “en peligro” o “en peligro crítico”, en un escalofriante conteo que no incluirá jamás, al parecer, a la única especie animal que mata por placer. El mono desnudo acabó con los rinocerontes a punta de bala, como ha hecho con tantos otros animales en su carrera arrasadora.

Y sin embargo, no deja de sorprender que la noticia se presente sin el menor atisbo de reflexión sobre lo inhóspito que hemos hecho este planeta, sobre la barbarie que hemos sembrado por doquier y sobre el brutal ejercicio de la violencia, siempre absurda, siempre infame. Las noticias sólo hablan del riesgo que esta nueva extinción conlleva para la supervivencia de la especie humana, de los esfuerzos de los conservacionistas por reproducir “ejemplares” en cautiverio y de explicaciones del hecho como la del exceso de caza o la caza furtiva o indiscriminada, como si la otra –la regulada, la legal– fuera menos letal.

A la especie del rinoceronte negro de África Occidental (Diceros bicornis longipes) la extinguió el exceso y la ilegalidad de las balas y el repugnante comercio de sus cuernos –como los que exhibe en su casa el sindicado Pablo Ardila–, pero a los rinocerontes que la conformaron, “criaturas que respiraron, comieron y durmieron, que buscaron una pareja para sus juegos amorosos, que amaron a sus crías, a veces hasta el punto de hacerse matar para defenderlas (…)”1, los acabaron, uno a uno, balas que dolieron y causaron sufrimiento a cada individuo, no a la especie.

Ya se extinguieron! No vayan ahora a someter al cautiverio a más animales con la esperanza de repoblar. Esa también es una infamia.

Hoy quiero hacer un homenaje a cada rinoceronte que intentó huir, fue baleado y gimió de dolor; a cada una de las crías que creció sin madre y luego padeció la misma suerte con la bala del que dispara, comercia, compra, exhibe y calla.

Pero también, recordar que son millones los animales confinados y masacrados por la industria cárnica, peletera, del entretenimiento y la experimentación, cuyas especies no se extinguirán jamás, aunque su sufrimiento diario y constante sea más insoportable que cualquier extinción causada por el hombre. También están cerca un perro y un gato para amar, respetar y rescatar.

Duele la extinción de la especie, pero más duele el dolor de cada animal abandonado, maltratado, baleado, encerrado o explotado… Entretanto, nuestra vidas siguen adelante.

1. Yourcenar, M. El Tiempo, gran escultor, 2002.

Andrea padilla Villarraga

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