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lagarto

Publicada en Publimetro Colombia
[Abril 1 de 2015]

Nunca he entendido qué hay de especial en ver como un animal majestuoso por su exotismo o belleza extraordinaria sufre y muere lentamente en una jaula, una pecera o encadenado en el patio de una casa, lejos de su hábitat natural. Pero menos todavía, qué motiva a una persona a ingresar a un mercado ilegal (sabiendo que lo es) para comprar un animal silvestre y llevarlo a su casa a morir de dolor, hambre y frio; peor aún, de miedo, tristeza y soledad.

Lo cierto es que miles de tigrillos, micos, tortugas, guacamayas, serpientes, iguanas y un largo etcétera de animales de diferentes especies que habitan, generalmente, en climas tropicales, son arrancados cada año de su hábitat para ser comercializados en carreteras, terminales de transporte y plazas de mercado.

En medio de agonías indescriptibles que comienzan, muchas veces, por la matanza de sus madres o grupos familiares, animales jóvenes o neonatos son cazados, “empaquetados” en cajas o costales y sometidos a horas de viaje en condiciones tan crueles y hostiles (ilegales, al fin y al cabo), que sólo el 5 por ciento de ellos tiene la suerte (o la desgracia) de sobrevivir.

Su destino intermedio es una jaula oxidada, sucia y de la mitad de su tamaño en la que es expuesto, como mercancía, junto a otros animales que jamás vería en condiciones naturales, en una plaza de mercado como la del Restrepo en Bogotá, donde imperan el desorden, la algarabía y la ilegalidad, o en una bodega desde la cual es “despachado” a mercados urbanos, nacionales o extranjeros, previa venta por catálogo o en internet.

… Recuerdo el día en que vi sacar de un tuvo de PCV, incautado a traficantes, a una docena de pequeñas aves muertas, una tras otra, con sus alitas pegadas al cuerpo, envueltas en cinta, y sus picos sellados con pegante, como si sus secuestradores también hubieran querido burlarse de su diminuta capacidad de pedir auxilio. Sólo una venía viva y murió al instante. Era la imagen de la infamia.

Todo, para ornamentar “traquetamente” una sala, deleitarse con el colorido palidecido de un tucán o tener el placer de “criar” a un oso perezoso. Todo, para darse un toque de exotismo sin importar, en lo más mínimo, el padecimiento de un ser sintiente.

Semana Santa es una de las semanas más delictivas y devastadoras en Colombia en materia de tráfico y comercio de animales silvestres. Miles de personas viajan a otras ciudades y regresan con animales que han sido víctimas de aquel viacrucis, como si la semana de reflexión derivara en locura.

Por estos días, son varias las campañas contra el tráfico de animales silvestres en aras de cuidar “nuestros recursos naturales”. Yo invito al lector, además, a ver en cada animal una vida que debe ser protegida por sí misma.

Importante es saber que en Colombia la tenencia, el comercio y el tráfico de animales silvestres son un delito.

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