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lagarto

Publicada en Publimetro Colombia
[Julio 8 de 2015]

¡Imposible más criollita! Fue lo que dije al verla y recibir el primer lengüetazo de todos los que vendrían hasta el día de su adopción y en encuentros posteriores. Esos lenguetazos desordenados y efusivos que dan los perros con ganas de tragarse el amor; tan alborotados como sus patotas que hubiera querido convertir en alas para volar a los brazos de todos y cada uno a la vez. Creo que hoy Bacatá vuela. Al fin y al cabo “¿Quién puede saber si el alma del animal desciende bajo la tierra?” (M. Yourcenar). Este es un homenaje a la más bella y célebre de las criollas cuya vida de cuatro años termina, pero cuyo significado debe perdurar. Es la tarea que hoy nos lega Bacatá (19.07.2011 – 5.07.2015).

Bacatá fue la perrita que elegimos, o llegó a nosotros, para sellar el compromiso de Petro con los animales. Su huella quedó plasmada en el papel de los siete puntos. Esa pequeña de orejas despelucadas, hocico oscuro y cejas espesas, sería el emblema de una política de gobierno tras la que aún reposa la esperanza, cada vez más exigida y menos complaciente, de subsanar décadas de desidia institucional con nuestros hermanos.

Esterilizada, vacunada, desparasitada e identificada, Bacatá se convirtió en la primera dama de la protección animal en Bogotá.

“Si soy elegido alcalde ambos tendremos casa”, le dijo Petro a Bacatá, y así fue. A ella jamás le faltó amor. Aydée, su cuidadora, se dedicó a curarle los miedos y la piel, a cepillarla cada día, a verla crecer con la complacencia de una madre y a infundarle la confianza que la llevó a adueñarse de los rincones del Liévano y a ladrarle a las corbatas con vehemencia (¡las detestaba!). Petro, por su parte, cumplió. Su nombre corría por los pasillos de la alcadía.

Hoy nos inunda una profunda tristeza por su muerte y las circunstancias que no acaban de esclarecerse, pero no caeremos en la actitud carroñera de políticos y periodistas que se relamen en la muerte de Bacatá para culpar a Petro de negligencia.

Sin saber que ocurrió y aún esperando claridades, que quizás ya no lleguen, puedo asegurar que a Bacatá la amaron. Vivía los fines de semana con Aydée y Rayo en el suroriente de la ciudad y de lunes a viernes en la alcaldía de Bogotá. Qué mezquindad pensar que en el sur no hay amor (lo han sugerido en estos días) o que ingenuidad creer que en el norte se brinda con garantías. No sabemos cómo murió, y eso incomoda, pero sí como vivió, y eso alegra.

Hoy la promesa de Bacatá nos exije a pasar la página. En breve llegará un nuevo gobierno y aún son muchas las tareas pendientes de la Bogotá Zoopolis que seguimos empeñados en hacer posible. Los candidatos tienen en sus manos nuestra agenda y de su compromiso con ella dependerán muchos votos, incluido el mío.

No sabemos si llegará al Liévano una nueva Bacatá. Pero sí que en cada entidad del distrito deberían vivir un perro y un gato adoptados ¡Entre más criollos, mejor!

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