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Publicada en Publimetro Colombia
[Julio 22 de 2015]

En Colombia los animales tienen la posibilidad de morir por compasión. El Código ético de medicina veterinaria y zootecnia considera la eutanasia un recurso terapéutico que puede o no aplicar el profesional, según sus convicciones, en caso de cronicidad o incurabilidad de una enfermedad. Es una pena que en el texto no haya una sola mención al sufrimiento, como tampoco a la dignidad del animal. Quizás porque al tratarse de una ley, no puede incluir términos que, asombrosamente, aún son privativos de lo humano. Hablar de dignidad implicaría, por efecto, hablar de derechos. Por ello para los animales apenas se plantea una “muerte sin dolor”.

En virtud de esta viabilidad legal que faculta a veterinarios y zootecnistas a ayudar a un animal a morir de manera indolora, podría pensarse que los animales tienen ganado un derecho aún controversial para los humanos. Sin embargo, lejos de tratarse de un derecho, para ellos es tan sólo una posibilidad. Como en casi todas las cuestiones que atañen a sus vidas, la opción de morir en caso de sufrimiento, agonía o deseo de no seguir viviendo (apelo al juicio de quienes saben, por empatía, que los animales también tienen deseos y “se abandonan” a la muerte) está sujeta a la decisión de un propietario. En términos del Código, a la voluntad y previa autorización del usuario de los servicios o responsable del animal.

Así, mientras que en el caso de los humanos basta (o debería bastar) con la decisión autónoma de la persona de poner fin a su vida –cuando la eutanasia es autorizada y según las complejas consideraciones jurídicas con las que cabalga nuestra moral– para los animales la decisión queda en manos de un tercero, con sus propios dilemas sobre la vida y la muerte. En el peor de los casos, con su terco empeño por “salvarle la vida al animal toda costa”, sin pensar, en ocasiones, en su sufrimiento, autonomía o calidad de vida. Así, egoísta y aferrada, es a veces nuestra manera de amar.

Creo profundamente en el derecho de los animales a conservar sus vidas y en nuestro deber de garantizarlo y hacer lo máximo para protegerlas y preservarlas. Pero también, en su derecho a vivir la vida con dignidad, es decir, con autonomía, plenitud, satisfacción y en condiciones que favorezcan su florecimiento. Testimonios de lucha por “sacar adelante” a un animal que depende del humano para comer, defecar y movilizarse, me dejan un sinsabor por los desmanes de nuestra soberanía sobre sus vidas. También me conmueven, por las rarezas del corazón humano.

Un detalle final de Código, revelador de nuestra amañada moral. Mientras que la eutanasia puede ser o no aplicada a un animal que sufre, es obligatoria como medida sanitaria. O sea que a la hora de hacer “control poblacional” de animales mediante el sacrificio, nuestros dilemas fácilmente parecen disiparse.

Reconocerles a los animales su derecho a la muerte digna, con criterios veterinarios y no viscerales, debería ser un imperativo ético en toda sociedad. De ese modo, también empezaríamos a superar el eufemismo del “control poblacional eutanásico” que no es más que la matanza por desidia gubernamental.

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