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lagarto

Publicada en Publimetro Colombia
[Agosto 12 de 2015]

Sin corridas de toros en Bogotá, corralejas en Sincelejo y cabalgata en la feria de las flores de Medellín, hemos empezando a contar números pequeños, en aumento, de años sin crueldad. Tres años en Bogotá y dos en Medellín y en Sincelejo, gracias a buenas decisiones de gobierno más o menos apoyadas popularmente, anuncian procesos de cambio cultural hacia ciudades y ciudadanías más sensibles y decentes. De la ramplonería arribista y el embrutecimiento del pueblo al disfrute de las cosas simples, avanzamos con respeto.

Este año en la feria de Medellín hubo, además, un hecho notable. En vez de la tradicional cabalgata, que como tantas tradiciones está mandada a recoger, cientos de paisas y gente alegre sacaron sus “caballitos de acero” y montaron un fenomenal ciclopaseo. Las fotografías que han circulado por redes son elocuentes: bicicletas adornadas de flores, rodando por las calles en las que antes relinchaba el maltrato.

Con este cambio, no puedo pensar sino en evolución. De la explotación de animales a su protección, de prácticas elitistas a la afirmación de nuevas ciudadanías, de demostraciones colonialistas a tomas amables de la ciudad, de ferias estratificadas a celebraciones igualitarias, de pavoneos de terratenientes al disfrute de meros ciudadanos, de la homogeneidad a la diversidad, del derroche a la austeridad, del desorden al buen rumbo, de la patanería a la decencia, de la embriaguez a la sobriedad.

Todo junto. Todo inescindible. Porque cuando una sociedad empieza a proteger a los animales, posibilita, a su vez, nuevas formas de convivencia entre sus gentes. Al contrario, cuando se rancha en la violencia contra ellos o mira con desdén su protección, alimenta las ideas y prácticas de sometimiento y opresión. Basta con darle una mirada a lo que sucede en tantos pueblos de Colombia donde las fiestas populares aún son desmanes de violencia contra los animales. Allí el envilecimiento no les permite ver, ni siquiera, como los colonos desfalcan el erario público.

Como era de esperarse, los empresarios de la cabalgata ya empezaron a rezongar con su aritmética de desempleados, familias en desgracia y pérdidas para la ciudad. Cifras que sumadas con las que sacan los empresarios taurinos, circenses y de cuanta fiesta y espectáculo reclaman y defienden, le hacen a uno preguntarse, en caso de ser ciertas: en qué momento nuestra economía se cimentó en la violencia contra los animales y si barbarizarnos es entonces una suerte de condena financiera.

Francamente no lo creo. Y si los hospitales dependen de masacres taurinas o el empuje paisa de denigrantes cabalgatas, estamos mal. La pregunta, en tal caso, sería para el Estado y su promesa básica.

En lo que respecta a la protección de los animales, hay decisiones que se toman y punto. Para asumirlas se requiere de gobernantes comprometidos con el interés colectivo y el suficiente tesón para no dar un paso atrás ante las intimidaciones de élites (o minorías como se llaman ahora) ofendidas por embates “sensibleros”.

Esperemos que el año entrante iniciemos un conteo más: el de los años sin las crueles carreras de gatos en Tuluá.

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