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lagarto

Publicada en Publimetro Colombia
[Agosto 5 de 2015]

Durante años, hecatombes de vacas decapitadas en el festival religioso “Gadhimai” de Nepal mandaron al traste cualquier ápice de esperanza sobre la humanidad. No sólo por la barbarie, suficiente en sí misma para descorazonar a cualquiera, sino por ocurrir en un estado cuyas tradiciones budista e hinduista debieron impedir esas masacres, en virtud del Ahimsa o principio de la no violencia preponderante en tales credos. Aunque esas muertes suceden a diario en higienizados mataderos, el hecho de convertirlas en espectáculo y revestirlas de retórica religiosa dotaba a la tragedia de una miseria horrenda por la capacidad humana de justificarlo todo, apelando incluso a los derechos.

Hace pocos días, sin embargo, el portavoz del Templo de Gadhimai anunció que en el festival de 2019 no habrá “derramamiento de sangre” porque “ha llegado el momento de transformar una vieja tradición y sustituir la matanza y la violencia con el culto y la celebración pacífica”. Así pues, no volveremos a ver esos holocaustos. Gracias al trabajo de muchos y a la voluntad de cambio de los políticos y decisores del festival, se acaba una tradición.

Quiero creer que es una tendencia y poco a poco veremos caer, una tras otra, en todo el mundo, prácticas infames con los animales arropadas de pretextos sobre la cultura y derechos irrestrictos –al trabajo, a la libertad de culto, a la libertad artística y a hacer lo que nos de la gana por nuestro derecho al libre desarrollo de la personalidad– que han llevado al extremo nuestra obstinación de someter a los animales.

La tradición y la cultura han sido los pretextos de quienes se lucran o mantienen su parcela de privilegios a costa del sufrimiento animal. La grandeza de la decisión de Nepal –por tardía que sea– radica en reconocer que ninguna tradición justifica la barbarie, ahora que el mundo está cambiando.

Colombia, como Estado y sociedad, tiene varias decisiones pendientes en asuntos cuyos defensores insisten en apelar, invariablemente, a estas dos palabras mágicas que parecieran blindar cualquier debate ético.

Las corridas de toros son el claro ejemplo de lo que ha sido una invocación amañada de derechos y el uso retórico y elitista de estas dos palabrejas evasoras de deberes morales.

Pero hay un debate más sensible, no de élites sino de mafia, que ahora mismo está en la palestra y amenaza con extraviarse en la misma excusa de que estamos amarrados por la tradición y la cultura.

Me refiero al uso de caballos en actividades cocheras turísticas en Cartagena, donde los animales no mueren a cuchilladas, sino tras largas agonías. ¡Inaceptable que alguien revire porque la mortandad no se cuenta de a miles! El sufrimiento es potestad de los individuos. Este asunto está hoy en manos del Tribunal de Cundinamarca y ya empiezan a aparecer los defensores del inmovilismo con sus argumentos de tradición y cultura.

Nuestra propuesta es un cambio –palabra temida como pocas– donde la vida de los animales se proteja y las actividades de las personas se dignifiquen. Eso se logra cimentando los derechos y la cultura sobre el respeto a la vida ¡Bienvenido el fin de estas tradiciones!

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