Home

lagarto

Publicada en Publimetro Colombia
[Octubre 20 de 2015]

La Séptima Papeleta (11 de marzo de 1990) vive en el recuerdo y la narrativa de millones de colombianos, como el mito fundacional de un nuevo pacto social que se concretó en la Constitución del 91. Yo era una niña de 12 años, pero recuerdo el entusiasmo de mis padres al regresar a casa tras depositar su “Voto por Colombia. Sí a una Asamblea Constituyente”. Había en ellos un sentimiento de convicción, pese a que el establecimiento insistía en que la papeleta era ilegal. En efecto, la Registraduría jamás la imprimió ni dispuso la logística necesaria para ella; menos aún, hizo conteo de los votos. Lo que sí aclaró fue que su inclusión en las urnas no anulaba el voto.

La Séptima Papeleta significó el anhelo de una generación harta de la violencia, que creía firmemente en que una nueva constitución era el camino para la paz. Desobedecer a la institucionalidad y sus legalismos, desprestigiados por reformas amañadas durante un siglo, más que válido, era necesario. Las vías legales y de la democracia siempre fueron la opción de quienes impulsaron el cambio.

La desobediencia civil no violenta es un camino legítimo de la democracia y la construcción de opinión pública cuando los ciudadanos consideran injustas decisiones del establecimiento y se ven afectados por ellas. También, cuando colectivamente han intentado múltiples caminos, cuyos resultados evidencian la toma del poder por intereses privados que casi siempre avanzan en contravía al cambio social.

La lucha antitaurina es un ejemplo de ello. Su recorrido histórico por el congreso, y más recientemente por las altas cortes, confirma la presencia del taurinismo en las instancias decisoras, pese al creciente clamor popular que ve en las corridas de toros expresiones de violencia y pide su fin como gesto de paz. Más de cinco proyectos de ley sobre protección animal se han hundido en el congreso por incluir su prohibición, y las altas cortes las han defendido como “espectáculos artísticos” o “actos civilizadores”, en palabras del Procurador Ordoñez, para avalar su continuidad. Además, recientemente el Consejo de Estado tumbó la consulta popular que, pese a sus falencias y posibles desaciertos, había surtido los trámites de ley. Ciertamente, el viacrucis de los toros es una muestra de la violencia que persiste en el poder, en contraste con el cambio que reclamamos y agenciamos ciudadanos en sendos aspectos de nuestra sociedad.

Por esto me gusta la iniciativa de desobediencia civil de los animalistas para este 25 de octubre. Su propuesta es introducir en las urnas la “Papeleta Bogotá Sin Toreo” como un acto simbólico de disidencia democrática. Ellos saben que estas papeletas no serán contadas, pero aspiran a generar un hecho político que demuestre la voluntad popular.

Yo depositaré esta papeleta, con la tranquilidad de saber que mi voto no será anulado porque este acto no hace parte de las causales de anulación. Pero sobre todo, con la convicción de estar haciendo lo correcto por una causa que me mueve la razón y el corazón. Desobedecer es necesario, más que nunca, cuando la injusticia se cierne sobre quienes no tienen voz.

Descargue aquí su Papeleta

Anuncios