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lagarto

Publicada en Publimetro Colombia
[Noviembre 18 de 2015]

¿A qué se debe nuestra turbación por unas masacres y no por otras, aún cuando las muertes se produzcan en circunstancias igualmente brutales? ¿Por qué en unos casos fluye y perdura nuestra solidaridad con el dolor de las víctimas, mientras que en otros ésta apenas se sacude y es siempre pasajera? ¿De dónde proviene el sentimiento de justicia que nos hace exigir castigo para los responsables de las muertes que ofenden nuestra idea de humanidad, mientras que en otros holocaustos apenas esperamos que no haya sido excesivo el sufrimiento? ¿Qué hace que condenemos con vehemencia unos hechos y no otros que pueden ser incluso más cruentos y vergonzosos?

Quizás, estas reacciones colectivas se deban a que hemos naturalizado clasificaciones y jerarquías en las que sólo a quienes consideramos iguales a nosotros entregamos nuestros sentimientos de hermandad, mientras que a quienes vemos como diferentes o lejanos nos resulta fácil juzgar e ignorar. Incluso, justificar sus muertes. Son éstos los bárbaros e incivilizados, los del Oriente, cuya condición humana negamos mediante las diferentes formas de matar.

¿De dónde viene esta manera de organizar el mundo? ¿Cómo llegamos a clasificar la vida en compartimentos estancos y a derivar de ellos concepciones de humanidad, justicia y valores para definir quiénes son dignos y quiénes aniquilables? Probablemente, de situar lo humano como medida de todas las cosas y a sus “contrarios” atribuirles la animalidad. En efecto, los animales le han servido al humanismo para establecer la barbarie, el primitivismo y la indignidad.

Quizás a ello se deba que las guerras estén plagadas de metáforas “animalizantes” y los animales hayan sido excluidos de toda consideración moral. Quizás por ello nos es natural calificar de irrelevantes o merecidas las masacres en las que “bárbaros” pierden la vida y, en cambio, aterrarnos por otras en las que “humanos” mueren cruel e injustamente. Quizás, por lo mismo, nos hemos acostumbrado a vivir con la muerte en masa de millones de animales, como si fuera normal vivir en medio de un holocausto eterno. Como dijo alguna vez Theodor Adorno, el filósofo alemán de orígen judío, “Auschwitz empieza dondequiera que alguien mira un matadero y piensa: son sólo animales.”.

“Seamos subversivos. Rebelémonos contra la igno¬rancia, la indiferencia, la crueldad que, por demás, suelen aplicarse a menudo contra el hombre porque antes se han ejercitado con el animal. Recordemos, puesto que hay que relacionarlo todo con nosotros mismos, que habría menos niños mártires si hubiese menos animales torturados; menos vagones sellados llevando hacia la muerte a las víctimas de ciertas dictaduras, si no nos hubiésemos acostumbrado a ver furgones donde los animales agonizan sin alimen¬to y sin agua de camino hacia el matadero; menos caza humana derribada de un tiro si la afición y la costumbre de matar no fuesen atributo de los cazadores. Y en la humilde medida de lo posible cambie¬mos (es decir, mejoremos si es que se puede) la vida.”. Hoy es más que oportuna, por la guerra que vivimos, esta invitación de la escritora belga Marguerite Yourcenar (El Tiempo, gran escultor, 1981).

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