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Publicada en Publimetro Colombia
[Marzo 1 de 2016]

La semana pasada se presentaron dos casos de mordeduras de perros a niños. La manera como algunos medios abordaron la noticia, evidencia la asombrosa facilidad con la que construimos enemigos públicos. Señalar perros como “peligrosos” por su pertenencia a una raza, es tan equivocado y nocivo como naturalizar comportamientos negativos en seres humanos por su pertenencia a un grupo étnico o racial: extirpar ese “cáncer” se convierte en propósito; la violencia se legitima en nombre del bien común.

Nadie en su buen juicio negaría que algunos perros representan un riesgo para otros y que el ataque a una persona merece atención y medidas para reducir las posibilidades de un nuevo episodio. Casos como los ocurridos deberían derivar en una revisión juiciosa de la efectividad de las normas y de su cumplimiento por parte de los propietarios de los perros implicados en los hechos, con las respectivas sanciones y responsabilidades civiles.

Lo inaceptable es criminalizar a los perros por su raza e iniciar una cruzada en su contra, como si estuviéramos libres de culpa y fuéramos los detentores naturales del bien. Si algo debe quedar claro en esta discusión, es que la “peligrosidad” potencial de un perro, cualquiera sea su raza, no es más que el reflejo de la “peligrosidad” de su tenedor o propietario, cualquiera sea su estirpe.

Ningún perro es peligroso por genética, aunque hayamos hecho con ellos (y con otras especies) lo que nos ha venido en gana como inescrupulosos Frankensteins. Pese a ser autónomos en aspectos fundamentales e inteligentes más allá del instinto, los perros, como los niños, aprenden a comportarse como su entorno se los demanda; muchas veces, al precio de subsistir. Incluso, al del amor.

En casos de verdadera peligrosidad, la alarma que debería encenderse es social. Sabido es el uso de perros de las razas estigmatizadas en contextos mafiosos. De hecho, la ilegalidad es el único ambiente en el que su reproducción e importación se dan: ambas actividades prohibidas por la ley.

Por supuesto, los perros de las razas en cuestión deberían ir con correa y bozal (confortable) en espacios públicos, ojalá estar castrados y gozar siempre de las mejores condiciones locativas para exorcizar la energía que se les sale por los poros.

Más aún, el propietario o tenedor de un perro con carácter agrio, de cualquier raza, debería advertir de ello al desconocido antes de cualquier aproximación, del mismo modo que nos advierten ser prudentes al abordar a una persona que tiene miedo o dolor en su corazón. No a todos nos gusta que nos acaricien, nos correteen o invadan nuestro espacio vital. Además, los perros también responden a un lenguaje corporal. Todo es cuestión de trato. Los perros, como las personas, tienen sus maneras y momentos ¡No siempre batimos la cola!

Frente a este tema, la instrucción es clara: cumplamos las normas, hagamos una tenencia responsable de nuestros perros y gatos (incluyendo su esterilización y castración), seamos respetuosos, tiernos y precavidos en el trato que les damos, y tolerémonos. La potencial peligrosidad habita en todos los animales –humanos y no humanos. La de ellos es obra nuestra.

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