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tigre

Publicada en El Espectador
[Septiembre 11 de 2016]

A la par de los derechos de la comunidad lgtbi, el derecho a la muerte digna y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, Alejandro Ordoñez hizo del derecho de los animales a la protección (o a un nuevo estatus jurídico afín a su capacidad de sentiencia) el blanco de sus pronunciamientos y conceptos negativos.

Quien ocupó durante ocho años uno de los cargos más importantes del estado, nada menos que el de vigilar la legalidad, proteger los derechos y defender los intereses colectivos, arremetió fanáticamente contra los temas que iban en contra de su oscurantista ideología cristiana.

Fue condescendiente con las prácticas e ideas de derecha y feroz con las de izquierda a las que siempre consideró una amenaza para el país tradicionalista que quiso forzar a cualquier precio. Incluso, el de acomodar el derecho a su conveniencia y poner al servicio de su cruz los recursos institucionales de una entidad que convirtió en púlpito.

Entre los conceptos que Ordoñez le entregó a la Corte Constitucional, solicitándole declararse inhibida, hubo dos relativos a los animales en los que expresó vivamente su visión católica medieval del mundo y su ideología ultraconservadora y colonial.

En el primero (2009), Ordoñez animó a la Corte, textualmente, a tolerar la crueldad con los animales. Se refirió a las corridas de toros y peleas de gallos como espectáculos que “desde tiempos inmemoriales han contribuido a la convivencia pacífica de las sociedades, permitiendo a sus miembros desfogarse racionalmente de los inconformismos incubados a partir de las realidades que les ha tocado vivir”. Tampoco tuvo reserva en afirmar que unas y otras “hacen parte del proceso de creación de identidad nacional”, y que el estado debe protegerlas en virtud del “derecho al libre desarrollo de la personalidad en materia artística y cultural” o, simplemente, por su aporte a la vida económica del país.

En el segundo (2016), el ex procurador arremetió contra la sola idea de aplicarles a los animales las categorías de ‘debilidad manifiesta’, ‘déficit de protección’ y ‘acciones afirmativas’, argumentando que estas aplican exclusivamente a los seres humanos mientras que la relación normativa con los animales se restringe a la propiedad, el dominio, el usufructo y la servidumbre. Además, sostuvo que si algo de protección nos convoca con respecto a ellos es “porque contribuyen al buen desarrollo humano” y hacen parte del medio ambiente “para el bien del hombre que en él habita”. Todo, por no ser personas.

Alejandro Ordoñez es el vivo representante de la tradición judeo-cristiana que justifica la crueldad contra los animales por considerarlos sucios y carentes de alma racional. También, del pensamiento colonial que fue capaz de esclavizar a quienes no encajaban en su estrecho concepto de lo humano, aun vigente, que en su misma imposición requirió afirmarse sobre la destrucción de lo que calificó de bárbaro, salvaje y primitivo. Un pensamiento que aún se expresa en prácticas como las corridas de toros, las corralejas y las peleas de gallos que algunos pretenden imponernos como identidad cultural, negándonos la posibilidad de reconstruirnos a partir de algo distinto a la violencia.

Ordoñez se va como un buen presagio de los tiempos venideros para el país y los grupos históricamente excluidos del derecho. Resta confiar en que, ahora que empiece a hacer política, ya sin la omnipotencia del erario y del cargo que ostentó, la nueva Colombia le quede grande y lo confine a ser pastor, únicamente, de su propia vida.

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