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Publicada en Publimetro Colombia
[Noviembre 15 de 2016]

‘¿Cómo ayudar a los animales?’ es otra pregunta frecuente a quienes trabajamos por su defensa y protección. Generalmente la intención se orienta a perros y gatos maltratados o sin hogar. Menos frecuente es que quien consulta quiera incidir en otros escenarios de crueldad. En todo caso, quien pide orientación suele estar ‘tocado’ por el deseo de ‘hacer parte del cambio’ o, más humildemente, de no contribuir al innecesario sufrimiento animal.

Los argumentos a favor de la protección de los ‘animales de compañía’ suelen ser de buen recibo. Cada vez más, felizmente, también lo son los que promueven el respeto a la fauna silvestre. Es raro quien no empatice con los llamados de urgencia a salvaguardar a los osos polares, los elefantes o los pinguinos. Y aunque la favorabilidad o la indignación no siempre muevan a la acción (¡otro sería este mundo!) diría que, en general, la mayoría de las personas ve con buenos ojos la protección animal.

En cambio, no ocurre lo mismo con los cerdos, vacas, pollos, peces y el larguísimo etcétera de animales sacrificados por la industria alimentaria. Quien un segundo antes coincidía con nosotros en las razones para proteger ‘hermosos y sensibles animales’ recula en la conversación cuando salen a colación los ‘animales del plato’. La sola posibilidad de incluir entre sus consideraciones morales ese otro sufrimiento animal puede suscitar en nuestro interlocutor reacciones jocosas, acaloradas o defensivas. En efecto, pese a que estos otros animales sean, como nuestros amados perros y gatos, seres inteligentes, hábiles, autónomos y capaces de amar y sentir dolor y alegría, ayudarlos no suele hacer parte de las razones que motivan la pregunta por el cómo.

Sin embargo, disminuir ostensiblemente o eliminar el consumo de animales y de productos derivados de su explotación salvaría más vidas y evitaría más sufrimiento que cualquier otro empeño. Los animales explotados como alimento suman las cifras planetarias más escandalosas de muertes por causas evitables a manos de seres humanos, y las miserias de sus vidas recuerdan holocaustos.

Además, ninguna otra injusticia y crueldad, masiva y permanente, podría desactivarse tan fácilmente como esta. Confronta y escalofría pensar en el número de muertes que una sola persona evitaría sacando a los animales de su plato.

Aunque no existe una cifra establecida, cálculos matemáticos plantean que una alimentación vegetariana puede salvar, en promedio, 25 animales ‘de granja’ y 137 peces al año. Otras aproximaciones menos conservadoras hablan incluso de 371 animales, incluyendo los que mueren en cautiverio, de camino al matadero, o son desechados como ‘sobrantes’ de la industria. No es que los animales ‘no comidos’ vayan a vivir libres y felices. Lo que ocurre es que la falta de demanda evitaría su nacimiento y converción en mercancías.

Hay muchas formas de ayudar a los animales, cualquiera sea su especie. Todas ellas son necesarias, urgentes, nobles e importantes. Sin embargo, la de mayor impacto y más fácil de emprender está al alcance de su plato. Salvar animales es posible sin necesidad de consagrar la vida a ellos o ser millonario. Basta con tener conciencia de la alimentación, disponer el paladar y ‘negarse a digerir agonías’, como diría la escritora francesa Marguerite Yourcenar.

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