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Publicada en Publimetro Colombia
[Diciembre 21 de 2016]

La semana pasada, autoridades de Seongnam, ciudad de Corea del Sur, anunciaron el cierre de Moran: el mercado de carne de perro más grande del país, que anualmente cría, mata y vende 80 mil perros para consumo humano. Desde que empezó a operar este negocio, en la década del 60, más de 4 millones de animales han sido sus víctimas. En total, se estima que 2.5 millones de perros en Corea del Sur son criados anualmente, en 17 mil granjas, para consumo interno.

Además de la tenaz labor de organizaciones defensoras de animales locales y de la Humane Society International, tres han sido las claves para esta transición: desencubrimiento, renovación generacional y presión internacional.

Periodistas y medios de comunicación han sido fundamentales para dar a conocer, mediante grabaciones con cámaras encubiertas, las escalofriantes prácticas de crianza, tratamiento y matanza de perros despellejados, muchas veces, aún estando vivos. Sus miradas de súplica y dolor han sido registradas, así como el momento en el que consumidores ociosos escogen uno u otro para el hervidero de sus estómagos insaciables.

El cambio generacional también ha sido determinante. Según el Instituto Gallup Korea, tan solo el 20 de los jóvenes surcoreanos comió perro en 2015, en contraste con el 50 por ciento de hombres mayores de 50 años. Tanto así, que el negocio pasó de 54 mercados en 2001 a 22 en este año.

Finalmente, la presión internacional ha hecho lo suyo. Con miras a los Juegos Olímpicos de Invierno 2018, las autoridades surcoreanas, conscientes del rechazo que provoca esta industria, han empezado a desmantelar un negocio que, además, opera en un limbo jurídico. En cambio, les han propuesto a los comerciantes apoyo económico para producir y vender productos vegetales.

Según Daily Mirror UK, el alcalde de Seongnam, Lee Jae-myung, al anunciar el cierre de Moran, citó la célebre frase de Gandhi: “Tomamos esta iniciativa de transformar la imagen de Corea del Sur, ya que ‘la grandeza de una nación se mide por la forma en que trata a sus animales’”. Esto evidencia la penetración de la ética animalista en la política; incluso, frente a tradiciones enfermizamente enquistadas.

Con el fin de Moran, a partir de mayo de 2017, podría empezar el desmonte de una repugnante tradición que, como otras, se viene desmoronando gracias a la conciencia ética, reflexiva y sensible que se está gestando en el mundo.

Ahora que empiezan en Colombia las temporadas de corralejas –con sus muertos por doquier, chabacanería, aguardiente, cuchillos, suciedad, ruina y pobreza– y de corridas de toros –con sus muertos selectivos, arribismo, ridiculez y nostalgia por una ‘madre patria’ saqueadora y asesina, el cierre del mercado de Moran es un regalo a la esperanza.

Aunque costumbres como éstas y las del consumo de perros y gatos, el uso de pieles de animales y la cacería irán muriendo con sus padrinos y madrinas sexagenarios, mal haríamos en mermar la lucha por los derechos de los animales, ahora que apenas empezamos a hastiarnos de la violencia y a comprender que sus distintas manifestaciones obedecen a causas conexas.

Que en 2017 más tradiciones bárbaras perezcan y se sigan materializando la sensibilidad y la inteligencia.

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