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Publicada en El Espectador
[Abril 3 de 2017]

La semana pasada, en una entrevista en El Mundo de España, Andrés Calamaro hizo una acusación que se ha vuelto común entre los aficionados a las corridas de toros. Alegó que “mientras mucha gente se muere de hambre, se gastan miles de millones de dólares en alimentar perros y cortarles el pelo” y advirtió de “la proliferación de fotos con perros” en contraste con “la poca reacción frente a las tragedias del mundo”. Con mensajes como estos, el cantante se dirige a los “yihadistas antitaurinos”, como llama a los opositores de las corridas de toros, y a las “almas sensibleras” o a la “gran secta de gente políticamente correcta”, como califica con desprecio a quienes rechazan sus desatinadas y odiosas declaraciones.

Estas afirmaciones, usadas para desacreditar éticamente a quienes participamos de una lucha que amenaza al pequeño terruño esnobista de los “amantes de la fiesta brava”, tienen tantas falencias que resultan desconcertantes en boca de quien se define a sí mismo como “culto” y “progresista” (semejante a lo que ocurre cuando Savater habla de su afición taurina).

Primero, no es cierto que invirtamos en los perros miles de millones de dólares, simplemente porque no los tenemos. Quienes rescatamos animales (no solo perros) de situaciones de violencia y desgracia, vamos de feria en feria y de rifa en rifa, participando en cuánto concurso, convocatoria y mercadillo podamos para juntar algo de dinero, no precisamente para cortarles el pelo. Tan ridícula apreciación solo puede provenir de alguien que ve el mundo en clave de apariencias e ignora groseramente los dramas vitales de los animales.

Empero, un “rockstar” o la misma monarquía española que Calamaro adula con afán de subalterno y lambetea como queriendo untarse de ella –pese a reconocer que se trata de una ralea corrupta, como lo hace en su blog donde se declara “juancarlista”– sí que tendrían miles de millones de dólares para ayudar a aliviar algunas de las tragedias del mundo. Sin embargo, no lo hacen. Al contrario, reyes, políticos y otros ladrones de los que van a corridas de toros continúan hinchándose a costa de las miserias de los empobrecidos.

En su diatriba contra los animalistas, añade Calamaro que “diez millones de niños van a morir (de hambre) este año”. En verdad quisiéramos ayudar más a mitigar tanto dolor inmerecido. Nos unimos en solidaridad de causas y muchos de nosotros no consumimos carnes de animales –de las que él se declara adicto– que es otra manera de contribuir a palear las injusticias en la distribución de recursos. Los sufrientes que ayudamos también son frágiles, vulnerables, están necesitados y, al igual que aquellos niños, son víctimas de sistemas aniquiladores.

En cambio, la única triste referencia a “beneficencia” que se encuentra en el historial del cantante justiciero es la que él mismo hace en una nota en su blog, titulada “Principio de libertad”, donde elogia la “corrida de toros de la beneficencia” de 2014 y celebra el “europeísmo inclusivo”. Al “abuelo de la nada” le vendría bien un poco de historia. Y de números, para saber cuántas bocas se alimentarían con lo que derrocha su monarquía.

Segundo, es curiosa, por decir lo menos, la relación que sugiere el cantante entre tomarle una foto a un perro y reaccionar o no a las tragedias humanas. Quizás sea simplemente una alusión a su mundillo fatuo de pavoneos en páginas sociales (¡en las que adora salir!) donde muchos de los “bellos” y “bellas” sí que viven y mueren de espaldas a quienes no comparten sus privilegios. O sea, a casi todo el mundo.

Finalmente, inquieta la aseveración de que “el cariño que le depositamos a un perro es el que le restamos a nuestras propias familias”. Ha de ser duro vivir bajo esta lógica transaccional, depositaria, en la que el recurso amoroso se agota. Quienes piensan así suelen juzgar como correcto salvar a unos y condenar a otros. Probablemente por eso celebran fiestas donde se mata animales. El desprecio por los demás surge cuando escasea o se agota el amor. De hecho, Calamaro nos invita a “mantenernos distantes”.

Creo que trabajar por los animales olvidados, explotados y maltratados en un mundo de necesidades humanas insatisfechas, no solo es justo por ellos mismos, sino loable y esperanzador: si nos importan quienes consideramos diferentes, ya podremos esperar que lo hagan nuestros semejantes. Los problemas surgen cuando compartimentamos la vida de tal modo que perdemos de vista su complejidad.

“Abran bien los ojos”, nos dice Calamaro. Quizás sea él quien deba quitarse las gafas.

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