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He tenido tres maestras: las tres han sido gatas. Hace algunos años decidí renunciar a la exclusividad de un único amor felino para brindarle un hogar de paso a unos pocos de los miles que sufren en Bogotá. En su mayoría cachorros sin madre y hembras gestantes o lactantes, los gatos han pasado por mi vida poniéndome de frente la indolencia de humanos extraviados que abandonan, desechan, gritan y golpean, pero también la fortaleza de lo frágil que tiende hacia la vida y no se resiste al poder sanador del amor. Desde que inicié con esta labor en 2010, más de 40 gatos se han recuperado física y emocionalmente en mi hogar de acogida y encontrado una familia. Gracias a quienes adecúan sus hogares para salvar las vidas de perros y gatos en todo el mundo.

Breves historias sobre estos maravillosos seres rescatados.

TOMASA
simona
Tomasa fue mi primera experiencia como hogar de paso. Cuando mi tía la encontró en el cuarto de basuras del edificio, se entregó a ella como si supiera que habían llegado a rescatarla. Tenía la capacidad de gritar y ronronear en la misma frase, robándose el corazón de cualquiera (que tuviera corazón). Le encantaba meterse a la ducha conmigo, burlando las historias sobre los gatos y el agua. Pasaba las horas en mis piernas o sobre el mesón de la cocina, mientras yo preparaba los alimentos. Tomasa, con su ternura, hizo que mi primera experiencia fuera tan grata y dulce como ella lo fue.

MARA (madre), AIKA, AMI, MÍA y MINA
mara e hijas
Mara llegó a casa un día después de haber parido a sus cuatro hijas. Venía entre una caja y apenas si se movía para no interferir en la acuciosa tarea de las cuatro crías, de mamar y mamar. Mara es como suena madre en catalán (mare); curioso nombre para una gata que llevaba más de dos años pariendo sin cesar, con el infortunio de no haber podido amar y amamantar a ninguno de los más de 20 cachorros que dio a luz: todos, uno a uno, le fueron siendo arrebatados para terminar ahogados en un caño. Sus propietarios jamás parecieron cuestionarse el mantenerla atada a una soga en la terraza, donde no podía menos que rendirse a la visita de los gatos. Mara fue rescatada de este lugar, donde apenas si tenía algo de alimento y agua sucia y ningún refugio para resguardarse del sol y del agua. Con el peso de esta historia encima, jamás imaginé que Mara me entregara a sus cachorros y me permitiera husmear entre su caja, como una cría más. Ella sintió cada despedida cuando llegó el momento de entregar a las pequeñas en adopción (todas esterilizadas). La mujer que la adoptó también recoge un cachorro de vez en vez; Mara siempre lo recibe y se tumba para amamantarlo, obstinada en su tarea de ser madre.

NALA, LIBERTAD y NARANJA
nala_libertad_naranja
“Un costal de gatos” fue lo que halló un taxista en la esquina de cualquier calle en Bogotá. Cinco pequeños estaban dentro de él. A dos de los gatitos se los llevaron unos niños. Las tres que quedaron llegaron a casa para convertirse en Nala, Naranja y Libertad, nombres que eligieron para ellas sus nuevas familias. Estas tres gatitas fueron de esos cachorros que juegan y crecen confiados, disfrutan del sol y descubren pronto el placer de dormir entre las cobijas o sobre la almohada y se entregan a las caricias con tranquilidad. La adopción se dio una tras otra (todas esterilizadas).

MÍA (madre), DONA y ALFONSINA
mia e hijas
Mía pasaba sus días en medio de canastos, piezas de barro y los cientos de objetos que inundan los locales de la plaza del 7 de agosto de Bogotá. Un día parió. Encontramos a dos hembras, diminutas, entre un canasto, en medio de las artesanías. Mía no tuvo reparos en que las pusiéramos en el guacal ni en irse con nosotras. El tercero de los cachorros jamás apareció. Alfonsina se convirtió en la hermana de Altagracia (una elegante gatita blanca) y Mía y Dona en el amor de un hogar conformado, como las gatas, por una madre sola y sus dos hijos. Durante el tiempo que estuvo en casa, Mía siempre me miró con esa mirada que hace pensar en una suerte de silenciosa gratitud. Me acicaló, como a las pequeñas, y pasó los días en mis piernas, en un canasto en el balcón o junto la ventana. Creo que aunque Mía gustaba de la vida en la plaza (de vez en vez se sentaba, en silencio, como a esperar que le abriera la puerta), pudo más la tranquilidad de ver a salvo a sus niñas (tras mi negativa volvía con ellas, me miraba y se acostaba junto a mí).

SOUL, AIKA, EVA, HANA, MILÚ
souly hermanas
En principio eran cinco los cachorros que recibiría una tarde de domingo, pero la mujer que los traía desde Soacha me suplicó que también me quedara con Soul, el más grande del grupo. Todos habían sido dejados en la puerta de su casa, entre una caja de cartón. Fueron seis los que llegaron, pero Mina, de menos de dos meses, murió a los dos días por diarrea severa y deshidratación. Los otros salieron adelante y en menos de una semana se tomaron todos los espacios de la casa, sin excepción: nunca antes había dormido sin poder moverme, rodeada por cinco pequeñísimos cuerpos que sobre la una de la madrugada por fin dejaban de saltar sobre mi cabeza. Soul, siempre tranquilo y en silencio, los miraba con desdén y se metía entre las cobijas, en una suerte de alianza “de mayores”, para acomodarse en mi canto. Compañeras de batallas me ayudaron a ubicarlos pronto porque en esos días pasaron cosas en mi vida que alteraron mi rutina. A todos los amé, pero a Hana la adoré.

PETRA (madre), TIGRE, PANTERA, YOKO y TIBURÓN
petra e hijasRecuerdo a Petra y se me llenan los ojos de lágrimas. Una noche llegando a casa recibí la llamada de una compañera para avisarme que una gatica “muy” preñada había entrado a una tienda a la vuelta de su casa, esperando el bocado que cada noche le daba la tendera. La dejamos instalada en un lugar especialmente acondicionado por si daba a luz durante mi ausencia, pero no sucedió hasta las nueve de la noche, cuando regresé (cosas de animales!). Petra se sentó en mi piernas, se giró, abrió sus paticas traseras y empezó a pujar. Con extremo cuidado la puse en el lugar que había dispuesto para ella y calenté agua para sus cachorros. Pensé que alejarme sería lo correcto, pero tan pronto me ponía de pie ella hacía lo mismo, así que me senté cerca, sin interferir, a esperar que la naturaleza hiciera lo suyo. Mucha agua, movimiento, un profundo maullido de dolor y salió el primero: Minu, totalmente negro, a quien su adoptante llamó Pantera. Una hora más tarde Ying, hoy Yoko, absolutamente blanca, y en la madrugada Yang, hoy Tiburón (hermano de Pantera), tan negro como Minu, pero con el pecho salpicado del blanco. Finalmente, nació Tigre. Relamidos día y noche por Petra (ella misma relamida en su sangre y fluidos tras parir), pasaron casi un mes pegados a la teta de su madre, hasta que iniciaron la exploración de un mundo seguro, divertido e inmenso. La experiencia fue tan hermosa como la de Mara y sus cuatro hijas. Castrados y esterilizadas, los cinco fueron entregados en adopción. Petra fue mi primera experiencia de parto y la gata adulta que más he adorado. Había en ella algo de permanente gratitud de hembra a hembra y su ternura hacia mí no tuvo límite. Al igual que Mara, buscaba a sus cachorros a medida que se iban yendo (así es la vida). Cuando al fin llegó el momento para ella, el universo fue generoso: puso en mi camino un buen hogar para Petra, justo cuando pensaba en quedarme con ella de tanto amor que le tenía, empujándome a continuar con la tarea.

FRIDA y MONDRIAN
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“Síndrome de Noé” es el nombre que se le da al impulso incontenible de recoger o recibir perros o gatos abandonados, callejeros o rescatados y albergarlos en condiciones que pronto rebasan el bienestar y empiezan a perturbar la mente de quienes lo padecen, además de la natural tranquilidad de los animales. Margarita padecía este hábito. En su casa albergaba alrededor de 20 gatos entre cachorros, jóvenes y adultos, con el riesgo de aumentar la cifra de manera exponencial y someterse y someterlos a la hambruna y al encierro. Cuando llegamos, supimos que la tarea sería ardua: capturar fierecillas silvestres, hacer una jornada para desparasitar, otra para esterilizar y finalmente emprender la búsqueda de adoptantes para los más pequeños. Los demás, gatos adultos recios de carácter, tendrían que permanecer allí, sin parir ni uno más. Frida y Mondrian eran los más flacos y pequeños de los nueve cachorros que pudimos ubicar. En casa, no pararon de maullar durante tres días y tres noches. Tras las materas del altillo sólo se veían las puntas de cuatro orejas temblorosas. Probé con homeopatía, música relajante, bolsa de agua caliente, cantos de amor, y aunque creo que todo contribuyó, la solución definitiva llegó la cuarta noche cuando, cansada de los maullidos quejumbrosos y sin pausa, decidí atraparlos y obligarlos a dormir conmigo entre las cobijas, bajo mi pijama y sobre mi panza. Jamás olvidaré la transformación de su mirada: del miedo a la curiosidad, de la curiosidad a la tranquilidad y de la tranquilidad al placer. Aquella fue la primera vez, tras tres noches de insomnio, que el ronroneo al fin nos arrulló. Frida y Mondrian fueron adoptados juntos –eran inseparables– pero tres meses más tarde Frida falleció por un virus mortal.

LOS DEL RECICLADOR
recicladorLos llamo así porque no tenían nombre. Los recogimos una tarde, atendiendo una llamada que nos alertaba de los maullidos constantes en una bodega de puertas cerradas ubicada bajo un puente en un sector industrial de Bogotá. Llegamos con la idea de encontrarnos lo peor, pero por el contrario, nos topamos con un hombre lleno de amor por sus tres gatos. En condiciones de creciente dificultad, con apenas la posibilidad de cubrirse con una cobija y algunos cartones, Carlos –como se llamaba el reciclador– había visto a la madre parir dos camadas y aún conservaba al negro de la primera y al cachorro de la segunda. Como familia, dormían todos bajo la misma cobija y comida no les faltaba. Comprendimos (porque a ello nos ha llevado esta labor) que Carlos no dejaría ir a sus gatos, así que optamos por ayudarlo evitando más nacimientos. Cuán difícil nos resultó convencerlo de que sólo sería una mañana y a lo sumo tres días de recuperación! Tres días estuvo la familia conmigo, expulsando de mí todo prejuicio. El pequeño durmió entre su madre y yo, pero el negro, ya de carácter callejero, fue recio al contacto. Llegó el día de llevarlos de nuevo a su bodega, bajo en puente, en la calle. Una semana más tarde Carlos nos llamaría para pedirnos ayuda para dos gaticos más que habían dejado en su puerta (hoy Loopita y Arón) y pedirnos, con lágrimas, que nos lleváramos a sus gatos porque estaban en riesgo. Piti, como le llamó su adoptante, partió a las dos semanas. Sabrina, nombre que le dimos a la madre, tiempo después gracias a la ADA. Hoy Negro pasa sus días, en compañía de otros dos suertudos, en las instalaciones de la Fundación MIA, fuera de Bogotá.

MINY
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Miny fue mi primera experiencia de gata abandonada en su propia casa. Nunca antes había visto en un gato tanta tristeza en la mirada. Pasaba sus días olvidada en una terraza y quienes las tenían estaban dispuestos a entregarla a quien fuera con tal de no tenerla más. Llegó a casa con el ceño fruncido, la cabeza gacha y refunfuñaba al menor contacto. Apenas me permitía cepillarle el lomo. Hasta para ir al baño mantenía la cabeza gacha. Al tercer día, quizás de tanto escucharme y verme en casa (la presencia humana apacible de la que jamás había disfrutado) levantó la mirada y parpadeó. Entonces, su expresión empezó a cambiar: la tensión en su cara se esfumó y sus preciosos ojos se abrieron como queriendo ver todo lo que estaba a su alrededor. Al mismo tiempo empezó a maullar y a probar un repertorio de sonidos que no incluían el refunfuño inicial. Su cuerpo se irguió y se apropió de la casa, mientras también descubría el juego. Hoy Miny vive con Zoe, otra gatita también salida de mi hogar de paso.

JUNO

JUNO-BLOG

Juno me partió el alma al verla en un a foto con sus precioso pelaje gris forrado al cuerpo de lo flaca que estaba y en el borde de un muro de una obra en construcción. Los obreros dieron aviso de una gatita que pasaba los días por allí. En menos de una semana se convirtió en una preciosa e imparable gata gris. Trepaba en todas partes, se colgaba de las barandas, corría imparable haciendo parecer grande mi pequeño apartamento y, cuando al fin se cansaba, se tumbaba sobre mi cama a lucir su hermoso pelo apretado. Hoy es una señora gata. Quien que la adoptó, también excepcional, le ha permitido ser toda una emperatriz.

TOMO
Tomo

DASHA
dasha

ZOE
zoe

KOKOA

KOKOAKokoa es el ejemplo de quien renace gracias al amor. La hallé en un hueco debajo de una nevera, en medio del horror. Era la única gata, en medio de once perros, en una casa habitada por la violencia y la locura. Su tremendo daño intestinal me obligaba a encerrarla cada 12 horas, en medo del pánico, para darle medicinas. La dosis diaria de palabras de amor, movimientos suaves y ayudas aromáticas, fue fundamental. Todo en nuestro entorno era calma y armonía. Kokoa era el referente de mis días, la misión más importante en medio de los asuntos cotidianos. Poder llevar trabajo a casa para estar con ella el mayor tiempo posible fue una gran suerte; de otro modo, no habría podido acostumbrarla a mi presencia inofensiva que pronto, para ella, se tornó amorosa. El sometimiento al que estaba acostumbrada me permitió acercarme y habituarla a mis caricias. El baño se convirtió pronto en el lugar seguro de la casa, donde Kokoa cedía a las invitaciones de las puntas de mis dedos. Un día, de repente, soltó su primer ronroneo que, desde entonces, parece indetenible. El baño se convirtió en mi oficina: los primeros acercamientos y muestras de confianza sucedieron allí, hasta que con pequeños engaños, muy tarde en la noche o de madrugada, empecé a convencerla de aventurarse a salir y disfrutar del mismo cuidado en otros lugares de la casa. Juntas descubrimos una pequeña pelota –suerte de objeto transicional- que nos ayudó a acercarnos. Luego vinieron los maullidos, con su peculiar timbre de voz, que pronto aprendí a imitar. Bastaba con que me escuchara “maullar” para acercarse y encontrar la pelota que se fue haciendo innecesaria porque mis manos tomaron su lugar. Kokoa aprendió a mirar de frente, a ronronear, a exigir caricias con insistencia, a dormir conmigo entre la cama, a venir a mí espontáneamente, y a maullar con fuerza, como reiterando que es dueña de su vida. También dejó de temer a la voz de los hombres que antes era la voz del terror. Tampoco gusta de las alturas, pero las ventanas bajas y el sol le procuran un tremendo bienestar (la he visto sonreír). Hoy Kokoa es la gata más amada del mundo. Vive con dos gatos más y una familia humana que el Universo nos puso en el camino. .

GRILLO, BRUNA y TAMBOR

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MEMO

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MÍA y MIÚ

MIAMIU

MILA

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SARITA

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TINO y TINA

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MIMÍ (madre), MANGO, TINTO, ZAPOTE, LANA

Mimi

BELLA y su media docena

Bella-Oct2015

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